Desde la cima del acantilado, el mar se veía tan infinito como el cielo.

Salta, creyó escuchar.

La brisa traía el constante rumor de las oleaje, tras el cual se enmascaraba la canción de las sirenas que lo invitaba a dar un paso adelante.

Salta, repetía.

Su madre le había aconsejado evitar aquel lugar maldito, frecuentado por almas en pena y vientos traicioneros. En sueños había visto sombras antiguas que se aferraban con sus dedos huesudos al filo del precipicio. Los recuerdos de esas pesadillas lo habían disuadido de acercarse, hasta que llegó el día en que su madre ya no estuvo, y él dejó de ser un niño.

Salta, era la llamada del vacío.

El extraño canto se enredaba entre el ruido de las olas que se deshacían contra las rocas. La melodía era diferente al cantar de los pájaros, pero aun así le había hecho levantar la vista al cielo, solo para encontrarlo vacío y silencioso.

El balido inquieto de las ovejas de su rebaño había devuelto su atención a la tierra, y una ráfaga repentina lo había empujado hacia el borde del barranco. El sonido nacía en el agua, y le hacía olvidar las advertencias de su madre.

Era un murmullo en un idioma irreconocible, y sin embargo, podía entender lo que le pedía:

Salta.

No fue sino hasta que vio al grupo de peculiares criaturas congregadas entre las piedras del fondo del despeñadero que entendió al fin lo que estaba ocurriendo: las sirenas no solo habitaban las historias de los viejos pescadores.

Estas no poseían el encanto etéreo de las leyendas. Tenían la piel escamosa, espejada por la humedad, y los ojos redondos y saltones. Su apariencia casi humana las colocaba justo en la frontera entre lo terrenal y lo irreal.

De sus bocas brotaba una música que surgía de un lugar recóndito. Poco a poco, sus voces fueron volviéndose más claras, hasta atravesar sin esfuerzo la distancia que los separaba, para penetrar en sus oídos.

Salta, decían.

Una vez en su interior, la tonada se convirtió en un susurro inescapable. Los sonidos traían imágenes de reinos colosales ocultos bajo las mareas, habitados por seres que solo se dejaban ver de vez en cuando en la superficie.

Había paisajes imposibles en esos espacios a donde iban a parar los barcos perdidos y los espíritus que el mar se tragaba con sus promesas engañosas.

El mundo se sintió pequeño en comparación con la grandiosidad de lo desconocido.

Solo tenía que dar un paso adelante para saber lo que había más allá del abismo.

Al caer, el vacío se abrió bajo sus pies y lo recibió con los brazos abiertos.

Cae.

El suelo desapareció, y se confundió con el cielo. Abajo y arriba, un tono grisáceo se había apoderado de la tarde, traído por las nubes de la tormenta que se acercaba.

Lo que había comenzado como un suave arrullo marino era ahora un silbido ensordecedor. Un coro de ansiosos aullidos anticipaban su caída.

El aire lo rodeó hasta sofocarlo.

El mar helado se sintió como roca.

El agua abrió sus fauces para devorárselo, y las sirenas se arrojaron sobre él con la voracidad de fieras hambrientas.

No estaría solo bajo la superficie, donde otros habían sabido caer en la misma trampa.

Creyó que con la oscuridad llegaría el silencio, pero se equivocaba. Ahora podía escuchar las voces de los fantasmas. Una parte de él permanecía, mientras el resto le era arrebatado.

No pasaría mucho tiempo hasta que cuerpo terminara por fundirse con las aguas.


Volver a saltar, a otro ritmo.



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Recursos adicionales utilizados:
Imagen: Luke Stackpoole en Unsplash (libre reproducción)
Sonido: Atlantic Ocean Waves por Tim Kahn (libre reproducción bajo licencia de Creative Commons 3.0)